Iglesia Valdense hoy en Uruguay y Argentina

Con vocación rioplatense

Nuestra Iglesia Evangélica Valdense en el Río de la Plata forma, con la rama europea, una sola iglesia en dos áreas. Celebran sendas asambleas sinodales bajo una misma disciplina, cuidan de mantener la correspondencia en las modificaciones a los reglamentos orgánicos, los miembros de una asamblea sinodal que visiten a la otra son incorporados como plenos, con derecho a voz y voto.

 Como rama rioplatense, desde su constitución fue una iglesia en dos países. Me animo a decir que la opción de no ser una iglesia nacional es parte de su testimonio que más de una vez ha adquirido una relevancia especial. En la década de 1940 hubo ruptura de relaciones entre Uruguay y Argentina con cierre de fronteras y la iglesia ratificó su unidad. Ya en el siglo XXI en razón de la disputa por la instalación de una gigantesca planta de pasta de celulosa sobre el río Uruguay, hubo movilizaciones sociales que de hecho cortaron los pasajes fronterizos terrestres y la apuesta de la iglesia fue por el logro de un entendimiento y búsqueda de unidad más allá de los fuertes intereses económicos que estaban, y siguen estando, detrás. Fueron muy importantes en ese momento las instancias de encuentro de grupos sociales que nuestra iglesia, y otras con las que estamos en comunión, propiciaron.

 Este testimonio de una iglesia que funda su unidad orgánica en el reconocimiento de su confesión de fe y no cede a la presión de nacionalismos muchas veces oportunistamente exacerbados por intereses que nada tienen que ver con los pueblos, no es de poca importancia.

 Este carácter binacional es una exigencia extra a nivel institucional, es necesario manejarse continuamente con dos sistemas legales que suelen tener sus diferencias, dos sistemas de protección social para trabajadores, dos requerimientos distintos en cuanto a las propiedades, dos economías que tienen su propia dinámica. Es un equilibrio que ha llevado a veces a pensar en la separación administrativa al tiempo que se mantiene la unidad eclesiástica. Es un tema siempre presente, pero la vocación de unidad también.

 Iglesia pequeña en vasto territorio

 Uruguay es un país pequeño a escala americana, no lo sería tanto en Europa. Pero enclavado entre Argentina y sobre todo Brasil, nacemos con la conciencia de “paisito”. Una asamblea de Presbiterio (distrito) en Colonia Sur exige el traslado a lo sumo de sesenta kilómetros, en el norte o en el este uruguayo llegamos a doscientos y en Argentina pasamos los seiscientos a veces. Aunque en muchos aspectos las distancias han desaparecido, el contacto personal y comunitario es más complejo, la atención pastoral exige nuevas formas, a lo que se suma la disminución de pastores en actividad. La diáspora lucha contra la dispersión. La búsqueda de atención pastoral es un verdadero desafío que afrontamos con esperanza, con la perspectiva de nuevas formas, con planes de capacitación, pero con lógica preocupación también.

 Este año se puso en marcha un plan de capacitación para laicos con perspectiva de dos años, con buena organización y contenidos que nos deparó la tremenda alegría de que el número de inscriptos cuadruplicó las expectativas y produjo la satisfactoria incomodidad de una reunión en la que no nos alcanzan las sillas y tenemos que modificar la disposición porque no cabemos.

Los desafíos cambian con los tiempos

 “Parece mentira las cosas que veo por las calles de Montevideo”, dice una clásica canción uruguaya. Mientras caminaba esta semana por la principal saqué algunas fotos de curiosos carteles con ofertas de milagros, sanidad, “jabón de la descarga”, lo que da cuenta de necesidades espirituales en una sociedad que se ha jactado de ser la más laica de América, que conoce la separación de la iglesia y el estado desde hace un siglo pero que no puede ocultar estas búsquedas necesitadas de respuestas que es un gran desafío acompañar, con honestidad, sin oportunismos pero claramente y con convicción.

 Por lo menos en Uruguay, no puedo opinar con autoridad sobre la realidad argentina, el estado viene teniendo una política social que aspira a cubrir necesidades que en otro momento quedaban descubiertas, por ejemplo a nivel de la niñez o de la ancianidad. Pero la diaconía de nuestra iglesia tiene una historia de aprendizajes que puede y debe volcar como testimonio.

 En su propia vida como iglesia hay desafíos enormes en términos de atención pastoral y fortalecimiento comunitario en los que es necesario poner todo el esfuerzo. Además de este plan sinodal que mencionamos, la formación de líderes juveniles en el Parque 17 de febrero es un instrumento del que esperamos mucho, el Centro Emmanuel y por supuesto el trabajo local en cada iglesia. Los desafíos son muchos, la respuesta surge de la fidelidad al Evangelio.